L’Aliança 1919: cuando un restaurante es mucho más que un restaurante

En 4P y 1M no somos gastrónomos ni gourmets —al menos no en el sentido académico del término—, aunque probablemente sí podamos considerarnos buenos “gourmands”: verdaderos amantes de la buena mesa, paladares curiosos, entrenados a base de kilómetros, viajes y muchas horas alrededor de una mesa.

4P lo formamos Eduardo García, José Miguel Gimeno, Rafael Isún y Xavier Zuazola, con la colaboración ocasional —y siempre bienvenida— de algún “invitado especial” que se suma a nuestras expediciones gastronómicas.

Pero hoy ocurre algo realmente especial, no hemos sido nosotros quienes nos hemos sentado a la mesa. Pedimos a unos buenos amigos que nos escribieran una crónica sobre uno de esos restaurantes que los ‘patas’ tenemos desde hace tiempo en la lista de pendientes y que por una razón u otra todavía no hemos tenido ocasión de visitar.

Así que esta vez, la historia no la contamos nosotros… la cuentan quienes han tenido la suerte de sentarse antes que nosotros.

L’Aliança 1919

(Crónica para Cuatro Patas y un Mantel por Josep Figuerola y Jordi Osuna)

Hay restaurantes donde vas a comer y hay restaurantes donde pasan cosas. L’Aliança 1919 pertenece claramente a la segunda categoría.

Era un viernes, a las dos y media de la tarde. Anglès (pueblecito de Girona) estaba tranquilo, como si respirara más despacio que el resto del mundo. Una pequeña plaza, casi silenciosa, y allí el edificio: L’Aliança.

Nada más cruzar la puerta tuvimos la sensación de estar entrando en otro tiempo. Una barra de bar antigua, un billar que ya no se usa, una escalera que parece sacada de los años setenta. Todo perfectamente conservado, nada impostado, nada diseñado para Instagram, simplemente historia acumulada.

Porque este lugar no nació como restaurante. En 1919 fue la sede social de una cooperativa agrícola. Aquí se reunían agricultores y pescadores del Ter para discutir precios, cosechas o la vida misma.

Décadas después, la familia Feliu lo transformó en un bar de pueblo. Vermuts después de misa. Calamares a la romana. Billar, futbolín y tardes interminables.

Luego llegó el restaurante y con los años, las distintas vidas de este lugar ha ido formando una especie de metafórica cebolla… con muchas capas.

En la sala nos recibe Cristina Feliu. Sumiller, jefa de sala, anfitriona y memoria viva del lugar. Es la heredera de esta historia familiar y se nota desde el primer momento. Habla del restaurante con esa mezcla rara de orgullo y cariño que solo tienen quienes han crecido entre mesas y fogones.

En la cocina está Àlex Carrera, que llegó después de pasar por las cocinas de El Celler de Can Roca (donde se conocieron con Cristina) y entre ambos han construido algo muy difícil: un restaurante con ambición gastronómica pero sin perder nunca el alma del lugar.

Marina, la otra hermana Feliu, participa activamente en el servicio, presentando los distintos platos que van llegando a la mesa y contribuyendo a una gran experiencia gastronómica.

Ese día éramos seis. Durante un buen rato tuvimos la sensación extraña de que el restaurante estaba prácticamente reservado para nosotros. La mesa estaba impecable, preparada casi como si fuera una ceremonia, porque en L’Aliança no hay carta.

Solo dos menús:

  • Descoberta (10 platos)
  • Emoció (14 platos)

Y lo primero que llega a la mesa es lo que ellos llaman “la hora del vermut”.

Pequeños bocados que reinterpretan el aperitivo clásico: aceitunas líquidas, guiños al escabeche, texturas que juegan con lo que creemos conocer, un prólogo perfecto.

Hay restaurantes donde la técnica lo invade todo, aquí el protagonista sigue siendo el producto. 

Producto de proximidad, de temporada, tratado con una delicadeza enorme… pero con una ambición clara: sorprender en boca.

Hay una frase que resume perfectamente la cocina de L’Aliança:

      “Delicadeza en la presentación, pero una explosión en boca.”

Uno de los platos que más nos marcó fue la gamba roja con guisantes.

Parece un plato sencillo, casi clásico. Pero el consomé de algas y la mayonesa hecha con la cabeza de la gamba elevan el conjunto a otra dimensión, de esos platos que se te quedan grabados.

Y luego está la famosa cebolla de Figueres en dos secuencias, probablemente el plato más icónico del restaurante: una versión fría en forma de bombón con caldo concentrado y otra caliente, rebozada, con crema de queso de cabra y jugo tostado de cebolla, humilde en origen y brillante en ejecución.

Si la cocina emociona, el vino acompaña con inteligencia.

La carta está centrada en vinos del Estado, pero muy bien seleccionados. Cristina nos propone productores cercanos y vinos que no suelen aparecer en todas las mesas. Recaredo, Riesling de la Cerdanya…

Y algo que no es tan habitual: un servicio de copas extraordinario, de los mejores que recordamos en mucho tiempo.

Cuando terminamos la comida, al salir, el pueblo seguía igual de tranquilo, y en el coche surgió una reflexión inevitable.

¿Cómo es posible que un restaurante capaz de ofrecer uno de los grandes menús gastronómicos que hemos probado esté prácticamente fuera del radar?

Probablemente porque Anglès no es una gran ciudad. Porque aquí no llegan los autobuses turísticos.
Porque nadie ha construido un relato mediático alrededor.

Pero quizás precisamente por eso L’Aliança conserva algo muy difícil de encontrar hoy en día: autenticidad.

En algún momento de la comida alguien dijo algo que se nos quedó grabado:

     “Si no fuera por estos momentos, la vida no tendría sentido.”

Y probablemente esa frase resume bien la experiencia.

Así que si algún día vas hacia Girona… haz un pequeño desvío y pasa por Anglès, cruza la puerta de L’Aliança 1919 y deja que el tiempo se detenga un rato. Porque hay restaurantes donde simplemente comes, otros donde la memoria se sienta contigo a la mesa. 🍷🍽️

Restaurante L’Aliança d’Anglès

Carrer Jacint Verdaguer, 3

17160, Anglès (Girona)

Teléfono: 972 420 156

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